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7 de febrero de 2013

Definición de mi propio yo

Creo que esta vez me he encontrado a mí misma, por fin. Estas semanas que han permitido darle un descanso a mi cerebro tras un semestre tan duro como el pasado han conseguido que atisbe un poquito de la realidad en la que vivo. Nunca había conseguido definirme -si es que se me permite la expresión- con totalidad. Cuando creía que vivía en una situación estable, un giro brusco cambiaba mi vida, y debía enfrentarme con otros ojos a los obstáculos que se ponían en mi camino. Pero, ¿qué camino? Si ni siquiera sabía lo que ello implicaba. No tenía camino, no tenía una realidad. O al menos eso creía. Me metamorfoseaba e intentaba adaptarme para conseguir los sueños que tanto ansiaba desde pequeña. Nunca me daba por satisfecha, siempre competitiva e inconformista. La que siempre tenía las respuestas, y ahora tenía una duda imposible de resolver. Y la improvisación era la solución. Sin planear nada se ha dibujado mi realidad, ella solita. Ninguna acción que yo haya tomado había sido previamente planificada. ¡Eso es una locura en mí! Me descabellaba pensando en los qués, los cómos y los porqués. Me tiraba de los pelos cuando algo no salía como yo quería. Creo que la experiencia ya me ha dotado del dulce despertar irónico que me ha permitido ver que no soy la dueña de mi vida. Me expongo al karma, al destino, o a lo que, como queramos llamarle, maneja las cuerdas de nuestro yo-maniquí. Me podría describir como una racional pero soñadora despierta universitaria, un poco gafe, que ha aprendido a desandar lo andado, y que busca un futuro en el que sentirme autorrealizada ayudando a los demás a encontrar su propia realidad. Mi meta ya no son los dieces, los expedientes académicos brillantes, las escuelas de arte ni la alfombra roja. He puesto los pies en firme tierra. Quizás no esté hecha para mí la vida con la persona que conocí a los quince años; la vida de la perfecta hija, siempre con las mejores notas de su clase, que sabe cinco idiomas y con cien premios en su habitación; la vida en la que puedo realizarme como una mujer renacentista y saber sobre todo lo que esté escrito; en definitiva, la vida con la que todos soñamos. Y es que soñar es algo maravilloso, pero por vivir soñando y fracasando caí en los amargos brazos de la depresión. Basta ya de niñeces y perfeccionismos. Mi vida se encuadra entorno a la Universidad, mis libros y mi portátil. En vez de salir a correr veo los Golden Globes comiendo una bolsa de Doritos. En vez de salir de fiesta juego al Skyrim hasta las cinco de la mañana. En vez de hablar sobre los reality show de moda, hablo sobre libros y música de los setenta. Me río con los post que leo en Tumblr y me gusta el humor absurdo. Trabajo muy duro para sacar buenas notas, pero no matriculas de honor, ya no. Esa parte de mí se ha quedado en el instituto, y me alegro por eso. Me tiro horas jugando a videojuegos. No hago lo que está de moda, pero tampoco voy contracorriente. Hago lo que me gusta sin dar explicaciones a nadie, sin más. Tengo las ideas muy claras y no tengo reparo alguno en expresarlas. Me gusta ser así y que mi vida sea así. No voy a sufrir más por un capricho de adolescente, sino que voy a luchar por sacar mi carrera y trabajar en algo que me guste. Ya está. Y los devenires que acompañen a eso no serán decisión mía. Las banales superficialidades ya no me motivan. No voy a torturarme por mis errores ni a llorar por los trenes perdidos y las oportunidades que ya nunca volverán. He aprendido a conformarme y, como dice mi madre, lo que tenga que ser, será.